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“Nunca se ha leído en España tanto como ahora. En el siglo XVIII hubo una minoría de lectores muy golosos de libros; pero sólo en estos años el pueblo se ha decidido a leer. Claro es que antes, en el XIX y en los otros siglos, la posibilidad de la lectura estaba al alcance de pocos. En el siglo XVI, Juan de Acurio, compañero de Elcano en la hazaña de la primera vuelta al mundo, “sabía leer y escribir, pues era nada menos que hijo de las casas solariegas e infanzonas de Acurio y de Bérriz”. Mas todavía ayer por la tarde los españoles apenas leían. En 1912 el ministerio de Instrucción pública, por iniciativa de Altamira y con la alta colaboración personal de Cossío, envió cincuenta bibliotecas a las provincias como avanzadilla de una campaña de ilustración. Casi todas perecieron en la demanda, desperdigados los volúmenes o enterradas en el polvo de los desvanes las cajas, fabricadas para ir lejos. Sólo en Asturias y en Cataluña aquellos y otros libros -los de los Ateneos y los de las Bibliotecas Populares, respectivamente-, obtuvieron una acogida de amor. (Si algún lector miope advierte una relación sospechosa entre este hecho y los sucesos de octubre, tendremos que encomendarle a Santa Lucía).
No había antes lectores; pero tampoco había libros en pueblos y aldeas. Y en las escasas bibliotecas existentes, el bibliotecario era el consabido obstáculo entre el lector y el libro. Todo ello está cambiando feliz y diligentemente. De aquí la oportunísima iniciativa del jefe del Gobierno encaminada a ofrecer las obras de los clásicos al interés de los que estudian y de los desinteresados amigos de leer. Al considerar la noticia, la Prensa ha valorado el bien que puede hacerse difundiendo lo que es más nuestro, ya que la riqueza patria tiene un carácter esencialmente espiritual, representado en las letras y en el arte.
La urgencia del empeño armoniza hoy con la disposición favorable de las gentes, comprobada en la obra de las bibliotecas municipales y escolares creadas desde el año 1931, siempre que la indiferencia de los encargados de ellas no estorbe el éxito. Mas procederíamos ingenuamente si fiásemos todo el resultado a la siembra de los clásicos en ediciones de regalo. Su lectura ofrece dificultades, que ya han apuntado admirados escritores. En el caso del “Quijote”, Unamuno y Ortega y Gasset se han declarado contra la medida oficial que lo impone a los niños en las escuelas nacionales. La opinión de Ortega es terminante: “Es seguro que la Real orden quijotista parecerá excelente a casi todo el mundo. Como a mí me parece en muchos sentidos un desatino..” El fervor de Unamuno lo lleva hasta dudar de la existencia de Cervantes, para afirmar la del caballero de la Mancha; con lo cual nuestro querido D. Miguel de hoy, montándose en su Clavileño, no para hasta arrebatarnos a Don Quijote para entrañarse con él y recrearlo a su imagen. Opiniones son éstas respetables, que yo pongo sobre mi cabeza; mas también he de atenerme a la de Cervantes y a la dedicatoria al conde de Lemos, donde habla de la fundación de “un colegio donde se leyese la lengua castellana y quería que el libro que se leyese fuese el de la historia de Don Quijote” (verdad es que el fundador de ese colegio era el Emperador de la China, país entonces más lejano del nuestro que ahora, pues no habían arribado acá los vendedores amarillos de collares a tres “peletas”). Otras varias referencias da Cervantes cuanto a la popularidad de su libro, sin distinción de cultura y edades; pero ahora sólo interesa aceptar la dificultad que la lectura de los clásicos puede presentar a las gentes no cultivadas. Pongamos como ejemplo el largo y enfadoso discurso de Melibea en el trance de suicidarse ante su mismo padre: “Padre mío, no pugnes ni trabajes por venir adonde yo estó, que estorbaras la presente habla que te quiero fazer…” Como éste podrían citarse miles de pasajes que el impaciente lector del día no tiene calma de gustar, acuciado por las prisas del cine y el periódico.
Admitamos que se ha de ir afinando el paladar de los lectores de biblioteca si la mano pone a su alcance las obras ejemplares; mas cabría ayudar al proceso mediante repetidas lecturas públicas y estimuladoras en escuelas y otros centros docentes, en las Sociedades obreras, en todos los círculos de posibles lectores. Esto pudiera vivificar el feliz propósito de acercar al pueblo las obras clásicas. Se refiere Unamuno en uno de sus ensayos a cierto personal sucedido “y fue -escribe- que un amigo vino a decirme que no acababa de entender cierto artículo que por entonces publiqué. Cogí el artículo, le rogué me advirtiese en cuanto llegara algo oscuro, y empecé a leérselo. Se lo leí entero, y él sin chistar” “¿Y bien?, le dije al concluir. “Pues, ¡hombre! -contestó-, no sé en qué consiste, porque ahora lo he entendido muy bien”. “Yo si sé en qué consiste -le repliqué-, y es en que no sabes leer. Porque estás hecho a leer lengua escrita no más que con los ojos…”
Colaboración análoga pudieran necesitar los clásicos -la lectura que traspasa la letra-, aunque no aspiremos a recibir de ellos el servicio espiritual que Azaña pide a Cervantes en su sustancioso estudio “La invención del Quijote”: “En Cervantes lo que me importa exclusivamente es el escritor, no digo el prosista, ni el estilista, ni siquiera el inventor de novelas, sino la operación del talento, que, mediante la materia literaria y con sus signos, implanta ante mis ojos unas formas de vida no expresadas antes por nadie. Me importa saber cómo absorbe y elabora la materia española…”
Sin llegar a esto, el pueblo necesitará adoctrinamiento para el recreo de lector de clásicos. No se trata de añadir una asignatura más a los centros de enseñanza, estableciendo cátedras de leer con sus textos de Legouvé y Faguet traducidos. Eso, no.”

Luis Santullano, “La lectura de los clásicos”, El Sol, sábado 2 mayo de 1936, p. 1