La historiografía de mañana, de Stefan Zweig (1939).
(En: Stefan Zweig, Mensajes de un mundo olvidado, raducción de Esther Cruz. Barcelona: Catedral, 2022, pp. 144-150 y 155-157.)
(…) Para que la nueva generación sea mejor, más humana y sobre todo más feliz que la nuestra, que ha estado guiada por la guerra en mitad de su existencia y ha quedado por tanto con el corazón machacado, habrá que educarla mejor y de manera más humana. En esa nueva educación considero que lo más importante sería contar con una formulación nueva y una concepción distinta de la historia con respecto a lo que aprendimos nosotros en la escuela. Una historia que muestre cómo la humanidad se ha convertido en lo que es, cuál es la historia del pueblo propio, pero también la de todos los demás, es la que da a los jóvenes su futura concepción del mundo: nada conformará de manera más determinante su disposición política, individual y ética ante la vida como la manera en la que aprendan y conciban la historia.
¿Y cómo aprendimos nosotros historia en la escuela, en especial en Europa? He de admitir que ya lo había olvidado. Sin embargo, hace poco, por una mudanza, cayó en mis manos el libro de texto de cuando estudiaba en la escuela austriaca; por cierto: hacemos mal tirando a la basura nuestros viejos libros de texto, pues nada puede mostrarnos con mayor claridad, años después, a qué velocidad se transforman los conceptos y puntos de vista en nuestros tiempos. Ahí estaba aquel viejo libro gastado, y con él la oportunidad de repasar cómo se había plasmado el tipo de historia que conformó nuestra generación. Empecé a leer y me quedé de verdad horrorizado: ¡Dios mío, cómo se nos había contado la historia del mundo a unas personas jóvenes crédulas e inexpertas! ¡Qué falsedad, qué imprecisión, qué intencionalidad! De inmediato me di cuenta de que la historia se había preparado de manera artificiosa (algo que en su momento, siendo unos muchachos, no supimos prever), estaba coloreada, falseada, y todo ello, desde luego, con una intención concreta y deliberada. Me percaté de que, dado que ese libro se había impreso en Austria y se había aprobado para las escuelas austriacas, a los jóvenes se nos debía quedar grabada la percepción de que el espíritu universal, con sus miles de efluvios, solo había tenido un objetivo: la grandeza de Austria y de su imperio. Pero a doce horas en tren (o a dos horas en avión hoy), en Francia o en Italia, a nuestros coetáneos también se les preparó la historia en un sentido nacional: Dios o el espíritu de la historia tan solo actuaban para Italia, para Francia, para la patria. Ya antes de que pudiésemos contemplar debidamente el mundo, nos colocaron unas gafas —en cada país, de un color distinto— para que, de entrada, no lo viésemos con una mirada libre y humana, sino con el punto de vista del interés nacional. Empezaba de ese modo, ya entonces, lo que hoy en Alemania se llama «educación nacional»: la uniformidad prematura del intelecto y de la percepción según un patrón único. La historia, que solo tiene sentido si connota la mayor de las objetividades, se nos servía únicamente con el objetivo de convertirnos en ciudadanos patrióticos, en futuros soldados, en súbditos sin voluntad. Con la misma intensidad con la que debíamos venerar nuestro Estado y sus instituciones teníamos que recelar, desde la arrogancia, de los demás Estados, naciones y razas, por la convicción aprendida de que nuestra patria era la mejor de todas; nuestros soldados, los mejores de todos, y sus capitanes, los más capaces de todos. La creencia de que nuestro pueblo había tenido siempre la razón a lo largo de la historia, e hiciera lo que hiciese seguiría llevándola siempre: right or wrong, my country.[1]
Esta fue la primera orientación equivocada que recibimos de nuestros libros de texto; de la segunda me di cuenta también rápidamente cuando volví a leer ese libro desde la primera hasta la última página, aunque ya no, por supuesto, con los ojos crédulos e ingenuos del muchacho que fui. Porque ¿qué se nos inculcaba en realidad con ese libro? El texto estaba estructurado de forma que, junto a los sucesos más importantes, aparecía siempre impreso el año correspondiente —como lo hace en los hitos de una carretera la ruta recorrida— y esos números había que aprendérselos de memoria.
¿Qué acontecimientos se destacaban especialmente? Recorrí las páginas del libro y constaté que nueve de cada diez fechas eran de batallas y guerras. Debíamos aprender de memoria en qué año del Señor ocurrió la batalla de Salamina y cuándo la de Cannas. Cuánto duró la primera guerra púnica y cuánto la segunda, y así siglo tras siglo, batalla tras batalla, guerra tras guerra, hasta Trafalgar, Waterloo y Sedán. Más adelante, aprendimos las fechas de la guerra mundial en persona, de primera mano y por la percepción de nuestros sentidos, de un modo más perceptible que por la mera escritura.
Sobre el detalle de que en ese periodo de tres mil años ocurrieran otras cosas gracias a las cuales el hombre de las cavernas terminó siendo portador de la cultura, sobre eso había poco que leer en aquel viejo libro, igual de poco que sobre los emperadores y reyes, sobre los grandes estadistas y sabios presidentes que, con un trabajo silencioso y alejado de lo visceral, supieron mantener sus países en paz y fomentar el progreso. Solo importaban Aníbal, Escipión, Atila, Napoleón, solo se nos describían como héroes hombres que lideraban guerras, y así, desde el principio, se nos grababa a martillazos en nuestra mente dócil la idea de que lo más importante de nuestro mundo era la guerra y el mayor logro de una persona, de un pueblo, era la victoria. Desde el principio, a nuestra generación —y me temo que también a la actual en todos los países europeos— se le grabó que el uso de la violencia y de la guerra no solo está permitido, sino que es además un acto deseable siempre que redunde en beneficio de la patria. Y ahora hemos visto las consecuencias de todo eso: las guerras han generado la situación de excitación, odio y agitación que hoy perturba nuestro mundo.
La guerra mundial quiso que, junto a todo lo demás, también quedasen destrozadas las diferentes gafas que se nos colocaron a los jóvenes crédulos, y solo puedo repetir que, con sinceridad, me horrorizó volver a leer con estos otros ojos ese libro de texto viejo y gastado. Y es que ¿qué se explica en realidad cuando se cuenta la historia como exclusivamente bélica? Algo pesimista hasta el extremo, algo deprimente en extremo. Porque ¿qué muestra al final esta eterna historia de guerras y victorias? Un sinsentido absoluto, una reiteración aburrida. Un ejército derrota a otro, un general a otro, un pueblo a otro, se conquistan fortalezas o no, se amplían países mediante anexiones y luego vuelve a reducirse su territorio… En un sentido más elevado, me parece que este eterno calendario de guerras de la humanidad es tan aburrido como si en un libro se quisiera narrar la historia de todos los partidos de fútbol de los últimos cincuenta años, o de cuando Fulano ganó a Mengano y luego Mengano a Fulano. Como si solo se contase que desde hace cuatro mil años un pueblo ha saqueado, peleado, robado, esclavizado a otro, que la humanidad en realidad no ha hecho ningún progreso, sino que va dando tumbos en círculos dentro de un mismo lodazal de sangre. ¿O acaso entre el asesinato de Jerjes y el de Ludendorff deberíamos distinguir un avance humano porque ya no se sacrifica a un hombre a manos de otro usando un hacha de guerra, sino que caen filas enteras a golpe de ametralladora? ¿Porque ya no se vierte aceite hirviendo desde las almenas de un castillo sitiado, sino que se dirige un lanzallamas de fabricación magnífica para envolver en fuego a las masas? ¿Porque hemos seguido precisamente los viejos instintos, pues ahora empleamos mejores instrumentos y ya no luchan pequeñas hordas caníbales entre sí, sino ejércitos de millones, y en vez de los gritos de guerra discordantes de los bárbaros resuena ahora la propaganda en radios y gramófonos? Debo confesar que, al leer este viejo libro de texto de mi juventud, no encontré nada que pudiera tener un efecto de superación y humanización en los jóvenes, sino la siniestra prueba de nuestro eterno retorno a los viejos bárbaros. Al final, no pude frenar mi enfado y tiré el libro a un rincón, pues vi cómo mediante ese relato se había adoctrinado a nuestra generación para la guerra mundial. Era un libro de texto sobre todos esos instintos peligrosos y horribles que envenenan nuestro tiempo (…).
(…) Creo que la historia de mañana, si ha de tener un efecto educativo, deberá escribirse con este espíritu: que no se eliminen desde luego los sucesos bélicos, pero que tampoco se sigan considerando como los logros más elevados y positivos de un pueblo. Sin embargo, una negación nunca es suficiente. Si consideramos que las incesantes acciones militares desarrolladas a lo largo de tres mil años son el lado oscuro de la historia de la humanidad, debe existir necesariamente un lado de luz. Es decir, en esos tres mil años que somos capaces de repasar con perspectiva histórica tiene que haber ocurrido algo distinto a la hostilidad incesante entre los pueblos, al asesinato mutuo de los seres humanos. Debió de pasar algo que llevase al mugriento animal humano a escabullirse de su cueva y aprender no solo a matar animales y a otros seres humanos, sino también a dominar los elementos, a trasladarse por tierra y agua y, a lo largo de los años, a multiplicar la fuerza de sus propias manos mediante las máquinas. Algo tuvo que pasar que lo llevase a inventar la escritura, a observar lo invisible por el microscopio, a ver las estrellas por el telescopio y calcular su trayectoria, a controlar el rayo y a hablar de países y mares, a pensar en ellos, a contemplarlos. Ese logro de la civilización, ese dominio intelectual del mundo, ¿no es más importante acaso que la historia de los logros individuales de países y ciudades? ¿No es el único que nos da la confianza en que lentamente —muy lentamente, lo admito— vamos superando los residuos que quedan en nuestra naturaleza, en que la humanidad no se queda estancada sino que avanza hacia un objetivo invisible? ¿Y no es esta historia de nuestro progreso, esta historia de nuestro ascenso gradual al dominio mundial y a una posición cada vez más elevada de la humanidad, mil veces más reconfortante y alentadora para los jóvenes y para todos nosotros que el sangriento catálogo de batallas y matanzas? Porque ¿no describe ella, en vez de los meros triunfos de un único pueblo, de una sola nación, nuestros logros comunes, los realmente importantes, los únicos que valen?
Desde luego, sobre esta historia del ascenso común de la humanidad aprendimos poco en nuestros patrióticos libros de texto. No debíamos dirigir nuestra ambición ni nuestro orgullo a convertirnos en personas cosmopolitas y fraternales ni a sentir esa hermandad, sino que la historia nos tenía que educar para amar Austria, o Francia, o Alemania —únicamente nuestra patria—, y recelar de los demás pueblos. Nos pretendía educar para convertirnos en ciudadanos de Estado y buenos soldados. Por eso se subrayaba tanto lo que las naciones habían logrado unas contra otras y se dejaba tan en segundo plano lo que conseguían unas junto a otras. Nuestra historia de ayer, y por desgracia también la de hoy en la mayoría de los países de Europa, sigue un impulso aún vigente hacia el aislamiento. Funciona en el sentido de una fuerza centrípeta y correlaciona todo lo que ocurre y ha ocurrido en el universo únicamente con el individuo, con el Estado. Hoy, en Europa, y gracias a la supremacía del nacionalismo, solo pensamos con la visión de los Estados, y se nos pretende obligar a pensar solo en el Estado, dentro de sus objetivos y fines. De manera inconsciente, y me temo que incluso consciente, la historia está subyugada a los Estados tan sumisamente como lo están las personas (…).
[1] Esta frase final («para bien o para mal, es mi país») la escribió el autor británico G. K. Chesterton en su obra The Defendant (El acusado) en 1901.


